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Obras

Chapter 7 of 20

Obras — Part 7

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me aflige y de un trabajo en otro lleva; ya de la patria, ya del bien me aparta, ya mi paciencia en mil maneras prueba; 20 y lo que siento más, es que la carta,[215] donde mi pluma en tu alabanza mueva, poniendo en su lugar cuidados vanos, me quita y me arrebata de las manos. Pero, por más que en mí su fuerza pruebe, 25 no tornará mi corazón mudable; nunca dirán jamás que me remueve fortuna de un estudio tan loable. Apolo y las hermanas, todas nueve, me darán ocio y lengua con que hable 30 lo menos de lo que en tu ser cupiere, que esto será lo más que yo pudiere.[216] En tanto no te ofenda ni te harte tratar del campo y soledad que amaste, ni desdeñes aquesta inculta parte 35 de mi estilo, que en algo ya estimaste. Entre las armas del sangriento Marte, do apenas hay quien su furor contraste, hurté de el tiempo aquesta breve suma, tomando, ora la espada, ora la pluma.[217] 40 Aplica, pues, un rato los sentidos al bajo son de mi zampoña ruda, indina de llegar a tus oídos, pues de ornamento y gracia va desnuda; mas a las veces son mejor oídos 45 el puro ingenio y lengua casi muda, testigos limpios de ánimo inocente, que la curiosidad del elocuente. Por aquesta razón de ti escuchado, aunque me falten otras, ser meresco. 50 Lo que puedo te doy, y lo que he dado, con recibillo tú yo me enriquesco. De cuatro ninfas que del Tajo amado salieron juntas, a cantar me ofresco, Filódoce, Dinámene y Crimene, 55 Nise, que en hermosura par no tiene. Cerca del Tajo en soledad amena, de verdes sauces hay una espesura, toda de hiedra revestida y llena, que por el tronco va hasta el altura, 60 y así la teje arriba y encadena, que el sol no halla paso a la verdura; el agua baña el prado, con sonido alegrando la vista y el oído. Con tanta mansedumbre el cristalino 65 Tajo en aquella parte caminaba, que pudieran los ojos el camino determinar apenas que llevaba. Peinando sus cabellos de oro fino, una ninfa, del agua, do moraba, 70 la cabeza sacó, y el prado ameno vido de flores y de sombra lleno. Moviola el sitio umbroso, el manso viento, el suave olor de aquel florido suelo. Las aves en el fresco apartamiento 75 vio descansar del trabajoso vuelo. Secaba entonces el terreno aliento el sol subido en la mitad del cielo. En el silencio solo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba. 80 Habiendo contemplado una gran pieza atentamente aquel lugar sombrío, somorgujó de nuevo su cabeza,[218] y al fondo se dejó calar del río.[219] A sus hermanas a contar empieza 85 del verde sitio el agradable frío, y que vayan les ruega y amonesta allí con su labor a estar la siesta. No perdió en esto mucho tiempo el ruego, que las tres dellas su labor tomaron, 90 y en mirando de fuera, vieron luego el prado, hacia el cual enderezaron. El agua clara con lacivo juego[220] nadando dividieron y cortaron,[221] hasta que el blanco pie tocó mojado, 95 saliendo de la arena, el verde prado. Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,[222] escurrieron del agua sus cabellos, los cuales esparciendo, cubijadas las hermosas espaldas fueron dellos. 100 Luego sacando telas delicadas, que en delgadeza competían con ellos,[223] en lo más escondido se metieron, y a su labor atentas se pusieron. Las telas eran hechas y tejidas 105 del oro que el felice Tajo envía, apurado, después de bien cernidas las menudas arenas do se cría.[224] Y de las verdes hojas reducidas en estambre sutil, cual convenía 110 para seguir el delicado estilo del oro ya tirado en rico hilo. La delicada estambre era distinta de las colores que antes le habían dado con la fineza de la varia tinta 115 que se halla en las conchas del pescado. Tanto artificio muestra en lo que pinta y teje cada ninfa en su labrado, cuanto mostraron en sus tablas antes el celebrado Apeles y Timantes. 120 Filódoce, que así de aquellas era llamada la mayor, con diestra mano tenía figurada la ribera de Estrimón, de una parte el verde llano, y de otra el monte de aspereza fiera, 125 pisado tarde o nunca de pie humano, donde el amor movió con tanta gracia la dolorosa lengua del de Tracia.[225] Estaba figurada la hermosa Eurídice, en el blanco pie mordida[226] 130 de la pequeña sierpe ponzoñosa,[227] entre la hierba y flores escondida; descolorida estaba como rosa que ha sido fuera de sazón cogida, y el ánima, los ojos ya volviendo, 135 de su hermosa carne despidiendo. Figurado se vía estensamente el osado marido que bajaba al triste reino de la escura gente, y la mujer perdida recobraba; 140 y cómo después desto él, impaciente por miralla de nuevo, la tornaba a perder otra vez, y del tirano se queja al monte solitario en vano.[228] Dinámene no menos artificio 145 mostraba en la labor que había tejido, pintando a Apolo en el robusto oficio de la silvestre caza embebecido. Mudar luego le hace el ejercicio la vengativa mano de Cupido, 150 que hizo a Apolo consumirse en lloro después que le enclavó con punta de oro.[229] Dafne con el cabello suelto al viento,[230] sin perdonar al blanco pie, corría por áspero camino tan sin tiento, 155 que Apolo en la pintura parecía que, porque ella templase el movimiento, con menos ligereza la seguía. Él va siguiendo, y ella huye como quien siente al pecho el odioso plomo.[231] 160 Mas a la fin los brazos le crecían, y en sendos ramos vueltos se mostraban, y los cabellos, que vencer solían al oro fino, en hojas se tornaban; en torcidas raíces se estendían 165 los blancos pies, y en tierra se hincaban. Llora el amante, y busca el ser primero, besando y abrazando aquel madero. Climene, llena de destreza y maña, el oro y las colores matizando, 170 iba de hayas una gran montaña de robles y de peñas variando. Un puerco entre ellas, de braveza estraña, estaba los colmillos aguzando contra un mozo, no menos animoso, 175 con su venablo en mano, que hermoso.[232] Tras esto, el puerco allí se vía herido de aquel mancebo por su mal valiente, y el mozo en tierra estaba ya tendido, abierto el pecho del rabioso diente; 180 con el cabello de oro desparcido barriendo el suelo miserablemente, las rosas blancas por allí sembradas tornaba con su sangre coloradas. Adonis este se mostraba que era, 185 según se muestra Venus dolorida, que viendo la herida abierta y fiera, estaba sobre él casi amortecida. Boca con boca coge la postrera[233] parte del aire que solía dar vida 190 al cuerpo, por quien ella en este suelo aborrecido tuvo al alto cielo. La blanca Nise no tomó a destajo de los pasados casos la memoria, y en la labor de su sutil trabajo 195 no quiso entretejer antigua historia; antes mostrando de su claro Tajo en su labor la celebrada gloria, lo figuró en la parte donde él baña la más felice tierra de la España.[234] 200 Pintado el caudaloso río se vía, que, en áspera estrecheza reducido, un monte casi al rededor teñía, con ímpetu corriendo y con ruído; querer cercallo todo parecía[235] 205 en su volver; mas era afán perdido; dejábase correr, en fin, derecho,[236] contento de lo mucho que había hecho. Estaba puesta en la sublime cumbre del monte, y desde allí por él sembrada, 210 aquella ilustre y clara pesadumbre, de antiguos edificios adornada. De allí con agradable mansedumbre el Tajo va siguiendo su jornada, y regando los campos y arboledas 215 con artificio de las altas ruedas.[237] En la hermosa tela se veían entretejidas las silvestres diosas salir de la espesura, y que venían todas a la ribera presurosas, 220 en el semblante tristes, y traían cestillos blancos de purpúreas rosas, las cuales esparciendo, derramaban sobre una ninfa muerta que lloraban.[238] Todas con el cabello desparcido[239] 225 lloraban una ninfa delicada,[240] cuya vida mostraba que había sido antes de tiempo y casi en flor cortada.[241] Cerca del agua, en un lugar florido, estaba entre la hierba degollada,[242] 230 cual queda el blanco cisne cuando pierde la dulce vida entre la hierba verde. Una de aquellas diosas, que en belleza, al parecer, a todas ecedía, mostrando en el semblante la tristeza 235 que del funesto y triste caso había, apartada algún tanto, en la corteza de un álamo unas letras escribía, como epitafio de la ninfa bella, que hablaban así por parte della: 240 «Elisa soy, en cuyo nombre suena y se lamenta el monte cavernoso, testigo del dolor y grave pena en que por mí se aflige Nemoroso, y llama Elisa; Elisa a boca llena 245 responde el Tajo, y lleva presuroso al mar de Lusitania el nombre mío,[243] donde será escuchado, yo lo fío.» En fin, en esta tela artificiosa toda la historia estaba figurada, 250 que en aquella ribera deleitosa de Nemoroso fue tan celebrada; porque de todo aquesto y cada cosa estaba Nise ya tan informada, que llorando el pastor, mil veces ella 255 se enterneció escuchando su querella. Y porque aqueste lamentable cuento, no solo entre las selvas se contase, mas, dentro de las ondas, sentimiento con la noticia de esto se mostrase, 260 quiso que de su tela el argumento la bella ninfa muerta señalase, y así se publicase de uno en uno por el húmido reino de Netuno. Destas historias tales variadas 265 eran las telas de las cuatro hermanas, las cuales, con colores matizadas y claras luces de las sombras vanas, mostraban a los ojos relevadas las cosas y figuras que eran llanas; 270 tanto que, al parecer, el cuerpo vano pudiera ser tomado con la mano.[244] Los rayos ya del sol se trastornaban,[245] escondiendo su luz, al mundo cara, tras altos montes, y a la luna daban 275 lugar para mostrar su blanca cara; los peces a menudo ya saltaban, con la cola azotando el agua clara, cuando las ninfas, la labor dejando, hacia el agua se fueron paseando. 280 En las templadas ondas ya metidos tenían los pies, y reclinar querían los blancos cuerpos, cuando sus oídos fueron de dos zampoñas que tañían suave y dulcemente, detenidos; 285 tanto, que sin mudarse las oían, y al son de las zampoñas escuchaban dos pastores, a veces, que cantaban. Más claro cada vez el son se oía de dos pastores, que venían cantando 290 tras el ganado, que también venía por aquel verde soto caminando, y a la majada, ya pasado el día, recogido llevaban, alegrando las verdes selvas con el son suave, 295 haciendo su trabajo menos grave. Tirreno destos dos el uno era, Alcino el otro, entrambos estimados, y sobre cuantos pacen la ribera del Tajo, con sus vacas, enseñados; 300 mancebos de una edad, de una manera a cantar juntamente aparejados, y a responder. Aquesto van diciendo, cantando el uno, el otro respondiendo. TIRRENO Flérida, para mí dulce y sabrosa 305 más que la fruta del cercado ajeno,[246] más blanca que la leche y más hermosa que el prado por abril, de flores lleno; si tú respondes pura y amorosa al verdadero amor de tu Tirreno, 310 a mi majada arribarás, primero que el cielo nos amuestre su lucero. ALCINO Hermosa Filis, siempre yo te sea amargo al gusto más que la retama, y de ti despojado yo me vea, 315 cual queda el tronco de su verde rama, si más que yo el murciélago desea la escuridad, ni más la luz desama, por ver ya el fin de un término tamaño deste día, para mí mayor que un año. 320 TIRRENO Cual suele acompañada de su bando aparecer la dulce primavera, cuando Favonio y Céfiro soplando,[247] al campo toman su beldad primera, y van artificiosos esmaltando 325 de rojo, azul y blanco la ribera; en tal manera a mí, Flérida mía, viniendo, reverdece mi alegría. ALCINO ¿Ves el furor del animoso viento, embravecido en la fragosa sierra, 330 que los antiguos robles ciento a ciento y los pinos altísimos atierra, y de tanto destrozo aún no contento, al espantoso mar mueve la guerra? Pequeña es esta furia, comparada 335 a la de Filis, con Alcino airada. TIRRENO El blanco trigo multiplica y crece, produce el campo en abundancia tierno pasto al ganado, el verde monte ofrece a las fieras salvajes su gobierno; 340 adoquiera que miro me parece que derrama la copia todo el cuerno;[248] mas todo se convertirá en abrojos si dello aparta Flérida sus ojos. ALCINO De la esterilidad es oprimido 345 el monte, el campo, el soto y el ganado; la malicia del aire corrompido hace morir la hierba mal su grado;[249] las aves ven su descubierto nido, que ya de verdes hojas fue cercado; 350 pero si Filis por aquí tornare, hará reverdecer cuanto mirare. TIRRENO El álamo de Alcides escogido fue siempre, y el laurel del rojo Apolo; de la hermosa Venus fue tenido 355 en precio y en estima el mirto solo; el verde sauz de Flérida es querido, y por suyo entre todos escogiolo;[250] doquiera que de hoy más sauces se hallen, el álamo, el laurel y el mirto callen. 360 ALCINO El fresno por la selva en hermosura sabemos ya que sobre todos vaya, y en aspereza y monte de espesura se aventaja la verde y alta haya; mas el que la beldad de tu figura 365 dondequiera mirado, Filis, haya, al fresno y a la haya en su aspereza confesará que vence tu belleza.-- Esto cantó Tirreno, y esto Alcino le respondió; y habiendo ya acabado 370 el dulce son, siguieron su camino con paso un poco más apresurado. Siendo a las ninfas ya el rumor vecino, todas juntas se arrojan por el vado, y de la blanca espuma que movieron 375 las cristalinas hondas se cubrieron. ELEGÍA PRIMERA Aunque este grave caso haya tocado[251] con tanto sentimiento el alma mía, que de consuelo estoy necesitado, con que de su dolor mi fantasía se descargase un poco, y se acabase 5 de mi continuo llanto la porfía, quise, pero, probar si me bastase[252] el ingenio a escribirte algún consuelo, estando cual estoy, que aprovechase para que tu reciente desconsuelo 10 la furia mitigase, si las musas pueden un corazón alzar del suelo y poner fin a las querellas que usas, con que de Pindo ya las moradoras se muestran lastimadas y confusas; 15 que, según he sabido, ni a las horas que el sol se muestra ni en el mar se esconde, de tu lloroso estado no mejoras; antes en él permaneciendo, donde quiera que estás tus ojos siempre bañas, 20 y el llanto a tu dolor así responde, que temo ver deshechas tus entrañas en lágrimas, como al lluvioso viento se derrite la nieve en las montañas. Si acaso el trabajado pensamiento 25 en el común reposo se adormece, por tornar al dolor con nuevo aliento, en aquel breve sueño te aparece la imagen amarilla del hermano, que de la dulce vida desfallece; 30 y tú, tendiendo la piadosa mano, probando a levantar el cuerpo amado, levantas solamente el aire vano; y del dolor el sueño desterrado con ansia vas buscando, el que partido 35 era ya con el sueño y alongado. Así desfalleciendo en tu sentido, como fuera de ti, por la ribera de Trápana con llanto y con gemido el caro hermano buscas, que sola era 40 la mitad de tu alma, el cual muriendo, no quedará ya tu alma entera.[253] Y no de otra manera repitiendo vas el amado nombre, en desusada figura a todas partes revolviendo, 45 que cerca del Erídano aquejada,[254] lloró y llamó Lampecie el nombre en vano,[255] con la fraterna muerte lastimada: «Ondas, tornadme ya mi dulce hermano Faetón; si no, aquí veréis mi muerte, 50 regando con mis ojos este llano.» ¡Oh cuántas veces, con el dolor fuerte avivadas las fuerzas, renovaba las quejas de su cruda y dura suerte! ¡Y cuántas otras, cuando se acababa 55 aquel furor, en la ribera umbrosa, muerta, cansada, el cuerpo reclinaba! Bien te confieso que si alguna cosa entre la humana puede y mortal gente entristecer un alma generosa, 60 con gran razón podrá ser la presente, pues te ha privado de un tan dulce amigo, no solamente hermano, un acidente; el cual, no solo siempre fue testigo de tus consejos y íntimos secretos, 65 mas de cuanto lo fuiste tú contigo. En él se reclinaban tus discretos y honestos pareceres, y hacían conformes al asiento sus efetos. En él ya se mostraban y leían 70 tus gracias y virtudes una a una, y con hermosa luz resplandecían, como en luciente de cristal coluna,[256] que no encubre de cuanto se avecina a su viva pureza cosa alguna. 75 ¡Oh, miserables hados! ¡Oh, mesquina suerte la del estado humano, y dura, do por tantos trabajos se camina! Y agora muy mayor la desventura de aquesta nuestra edad, cuyo progreso 80 muda de un mal en otro su figura. ¿A quién ya de nosotros el eceso de guerras, de peligros y destierro no toca, y no ha cansado el gran proceso? ¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro 85 del enemigo? ¿Quién no vio su vida perder mil veces y escapar por yerro? ¿De cuántos queda y quedará perdida la casa y la mujer y la memoria, y de otros la hacienda despendida? 90 ¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria? ¿Algunos premios o agradecimientos? Sabralo quien leyere nuestra historia. Verase allí que como polvo al viento, así se deshará nuestra fatiga 95 ante quien se endereza nuestro intento. No contenta con esto la enemiga del humano linaje, que invidiosa coge sin tiempo el grano de la espiga, nos ha querido ser tan rigurosa, 100 que ni a tu juventud, don Bernaldino, ni ha sido a nuestra pérdida piadosa. ¿Quién pudiera de tal ser adivino? ¿A quién no le