Chapter 2 of 20
Obras — Part 2
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cantar sabroso estaban muy atentas, los amores, 5 de pacer olvidadas, escuchando. Tú, que ganaste obrando un nombre en todo el mundo, y un grado sin segundo, agora estés atento, solo y dado 10 al ínclito gobierno del Estado albano; agora vuelto a la otra parte,[29] resplandeciente, armado, representando en tierra el fiero Marte;[30] agora de cuidados enojosos 15 y de negocios libre, por ventura andes a caza, el monte fatigando en ardiente jinete, que apresura el curso tras los ciervos temerosos, que en vano su morir van dilatando; 20 espera, que en tornando a ser restituído al ocio ya perdido, luego verás ejercitar mi pluma por la infinita innumerable suma 25 de tus virtudes y famosas obras; antes que me consuma, faltando a ti, que a todo el mundo sobras.[31] En tanto que este tiempo que adivino viene a sacarme de la deuda un día, 30 que se debe a tu fama y a tu gloria; que es deuda general, no solo mía, mas de cualquier ingenio peregrino que celebra lo dino de memoria;[32] el árbol de vitoria[33] 35 que ciñe estrechamente tu gloriosa frente dé lugar a la hiedra que se planta[34] debajo de tu sombra, y se levanta poco a poco, arrimada a tus loores; 40 y en cuanto esto se canta, escucha tú el cantar de mis pastores. Saliendo de las ondas encendido, rayaba de los montes el altura[35] el sol, cuando Salicio, recostado 45 al pie de un alta haya, en la verdura,[36] por donde un agua clara con sonido atravesaba el fresco y verde prado; él, con canto acordado al rumor que sonaba, 50 del agua que pasaba, se quejaba tan dulce y blandamente como si no estuviera de allí ausente la que de su dolor culpa tenía; y así, como presente, 55 razonando con ella, le decía. SALICIO ¡Oh más dura que mármol a mis quejas, y al encendido fuego en que me quemo más helada que nieve, Galatea![37] Estoy muriendo, y aún la vida temo; 60 témola con razón, pues tú me dejas; que no hay, sin ti, el vivir para qué sea. Vergüenza he que me vea ninguno en tal estado, de ti desamparado, 65 y de mí mismo yo me corro agora. ¿De un alma te desdeñas ser señora, donde siempre moraste, no pudiendo della salir un hora? Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 70 El sol tiende los rayos de su lumbre por montes y por valles, despertando las aves y animales y la gente: cuál por el aire claro va volando, cuál por el verde valle o alta cumbre 75 paciendo va segura y libremente, cuál con el sol presente va de nuevo al oficio, y al usado ejercicio do su natura o menester le inclina: 80 siempre está en llanto esta ánima mesquina,[38] cuando la sombra el mundo va cubriendo o la luz se avecina. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada, 85 sin mostrar un pequeño sentimiento de que por ti Salicio triste muera, dejas llevar, desconocida, al viento el amor y la fe que ser guardada eternamente solo a mí debiera? 90 ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera, pues ves desde tu altura esta falsa perjura causar la muerte de un estrecho amigo, no recibe del cielo algún castigo? 95 Si en pago del amor yo estoy muriendo, ¿qué hará el enemigo?[39] Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Por ti el silencio de la selva umbrosa, por ti la esquividad y apartamiento 100 del solitario monte me agradaba; por ti la verde hierba, el fresco viento, el blanco lirio y colorada rosa y dulce primavera deseaba. ¡Ay, cuánto me engañaba! 105 ¡Ay, cuán diferente era y cuán de otra manera[40] lo que en tu falso pecho se escondía! Bien claro con su voz me lo decía la siniestra corneja repitiendo[41] 110 la desventura mía. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta, reputándolo yo por desvarío, vi mi mal entre sueños desdichado! 115 Soñaba que en el tiempo del estío llevaba, por pasar allí la siesta, a beber en el Tajo mi ganado;[42] y después de llegado, sin saber de cuál arte, 120 por desusada parte y por nuevo camino el agua se iba; ardiendo ya con la calor estiva, el curso, enajenado, iba siguiendo del agua fugitiva.[43] 125 Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?[44] Tus claros ojos ¿a quién los volviste? ¿Por quién tan sin respeto me trocaste? Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste? 130 ¿Cuál es el cuello que, como en cadena, de tus hermosos brazos anudaste? No hay corazón que baste, aunque fuese de piedra, viendo mi amada hiedra, 135 de mí arrancada, en otro muro asida, y mi parra en otro olmo entretejida,[45] que no se esté con llanto deshaciendo hasta acabar la vida. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. 140 ¿Qué no se esperará de aquí adelante, por difícil que sea y por incierto? O ¿qué discordia no será juntada? y juntamente ¿qué tendrá por cierto, o qué de hoy más no temerá el amante, 145 siendo a todo materia por ti dada? Cuando tú enajenada de mí, cuidado fuiste, notable causa diste y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo, 150 que el más seguro tema con recelo perder lo que estuviere poseyendo. Salid fuera sin duelo, salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Materia diste al mundo de esperanza 155 de alcanzar lo imposible y no pensado, y de hacer juntar lo diferente,[46] dando a quien diste el corazón malvado, quitándolo de mí con tal mudanza, que siempre sonará de gente en gente. 160 La cordera paciente con el lobo hambriento hará su ayuntamiento, y con las simples aves sin ruído harán las bravas sierpes ya su nido; 165 que mayor diferencia comprehendo de ti al que has escogido. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Siempre de nueva leche en el verano y en el invierno abundo; en mi majada 170 la manteca y el queso está sobrado;[47] de mi cantar, pues, yo te vi agradada, tanto, que no pudiera el mantuano Títiro ser de ti más alabado.[48] No soy, pues, bien mirado, 175 tan disforme ni feo; que aun agora me veo en esta agua que corre clara y pura,[49] y cierto no trocara mi figura[50] con ese que de mí se está riendo;[51] 180 ¡trocara mi ventura! Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? 185 Si no tuvieras condición terrible, siempre fuera tenido de ti en precio, y no viera de ti este apartamiento. ¿No sabes que sin cuento buscan en el estío 190 mis ovejas el frío de la sierra de Cuenca, y el gobierno del abrigado Estremo en el invierno?[52] Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo me estoy en llanto eterno! 195 Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Con mi llorar las piedras enternecen[53] su natural dureza y la quebrantan, los árboles parece que se inclinan, las aves que me escuchan, cuando cantan, 200 con diferente voz se condolecen, y mi morir cantando me adivinan. Las fieras que reclinan su cuerpo fatigado, dejan el sosegado 205 sueño por escuchar mi llanto triste. Tú sola contra mí te endureciste, los ojos aun siquiera no volviendo a los que tú heciste salir sin duelo, lágrimas, corriendo.[54] 210 Mas ya que a socorrer aquí no vienes, no dejes el lugar que tanto amaste, que bien podrás venir de mí segura. Yo dejaré el lugar do me dejaste; ven, si por solo esto te detienes. 215 Ves aquí un prado lleno de verdura, ves aquí un espesura,[55] ves aquí un agua clara, en otro tiempo cara, a quien de ti con lágrimas me quejo. 220 Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo, al que todo mi bien quitarme puede;[56] que pues el bien le dejo, no es mucho que el lugar también le quede.-- Aquí dio fin a su cantar Salicio, 225 y sospirando en el postrero acento, soltó de llanto una profunda vena. Queriendo el monte al grave sentimiento de aquel dolor en algo ser propicio, con la pasada voz retumba y suena. 230 La blanca Filomena,[57] casi como dolida y a compasión movida, dulcemente responde al son lloroso. Lo que cantó tras esto Nemoroso[58] 235 decidlo vos, Piérides; que tanto[59] no puedo yo ni oso, que siento enflaquecer mi débil canto. NEMOROSO Corrientes aguas, puras, cristalinas; árboles que os estáis mirando en ellas, 240 verde prado de fresca sombra lleno, aves que aquí sembráis vuestras querellas, hiedra que por los árboles caminas, torciendo el paso por su verde seno; yo me vi tan ajeno 245 del grave mal que siento, que de puro contento con vuestra soledad me recreaba, donde con dulce sueño reposaba, o con el pensamiento discurría 250 por donde no hallaba sino memorias llenas de alegría; y en este mismo valle, donde agora me entristesco y me canso, en el reposo estuve ya contento y descansado. 255 ¡Oh bien caduco, vano y presuroso! Acuérdome durmiendo aquí algún hora, que despertando, a Elisa vi a mi lado.[60] ¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada, 260 antes de tiempo dada a los agudos filos de la muerte! Mas convenible suerte[61] a los cansados años de mi vida, que es más que el hierro fuerte, 265 pues no la ha quebrantado tu partida. ¿Dó están agora aquellos claros ojos que llevaban tras sí, como colgada, mi alma doquier que ellos se volvían? ¿Dó está la blanca mano delicada, 270 llena de vencimientos y despojos que de mí mis sentidos le ofrecían? Los cabellos que vían con gran desprecio el oro, como a menor tesoro, 275 ¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho? ¿Dó la coluna que el dorado techo[62] con presunción graciosa sostenía? Aquesto todo agora ya se encierra, por desventura mía, 280 en la fría, desierta y dura tierra.[63] ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía, cuando en aqueste valle al fresco viento andábamos cogiendo tiernas flores, que había de ver con largo apartamiento 285 venir el triste y solitario día que diese amargo fin a mis amores? El cielo en mis dolores cargó la mano tanto,[64] que a sempiterno llanto 290 y a triste soledad me ha condenado; y lo que siento más es verme atado a la pesada vida y enojosa, solo, desamparado, ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa. 295 Después que nos dejaste, nunca pace en hartura el ganado ya, ni acude el campo al labrador con mano llena. No hay bien que en mal no se convierta y mude: la mala hierba al trigo ahoga, y nace 300 en lugar suyo la infelice avena; la tierra, que de buena gana nos producía flores con que solía quitar en solo vellas mil enojos, 305 produce agora en cambio estos abrojos, ya de rigor de espinas intratable; yo hago con mis ojos crecer, lloviendo, el fruto miserable. Como al partir del sol la sombra crece, 310 y en cayendo su rayo se levanta la negra escuridad que el mundo cubre, de do viene el temor que nos espanta, y la medrosa forma en que se ofrece aquella que la noche nos encubre,[65] 315 hasta que el sol descubre su luz pura y hermosa;[66] tal es la tenebrosa noche de tu partir, en que he quedado de sombra y de temor atormentado, 320 hasta que muerte el tiempo determine que a ver el deseado sol de tu clara vista me encamine. Cual suele el ruiseñor con triste canto quejarse, entre las hojas escondido, 325 del duro labrador, que cautamente le despojó su caro y dulce nido de los tiernos hijuelos, entre tanto que del amado ramo estaba ausente,[67] y aquel dolor que siente 330 con diferencia tanta por la dulce garganta despide, y a su canto el aire suena, y la callada noche no refrena su lamentable oficio y sus querellas,[68] 335 trayendo de su pena al cielo por testigo y las estrellas; desta manera suelto ya la rienda a mi dolor, y así me quejo en vano de la dureza de la muerte airada. 340 Ella en mi corazón metió la mano, y de allí me llevó mi dulce prenda; que aquel era su nido y su morada. ¡Ay muerte arrebatada! Por ti me estoy quejando 345 al cielo y enojando con importuno llanto al mundo todo: el desigual dolor no sufre modo.[69] No me podrán quitar el dolorido sentir, si ya del todo 350 primero no me quitan el sentido. Tengo una parte aquí de tus cabellos, Elisa, envueltos en un blanco paño, que nunca de mi seno se me apartan; descójolos, y de un dolor tamaño 355 enternecerme siento, que sobre ellos nunca mis ojos de llorar se hartan. Sin que de allí se partan, con suspiros calientes, más que la llama ardientes,[70] 360 los enjugo del llanto, y de consuno casi los paso y cuento uno a uno; juntándolos, con un cordón los ato. Tras esto el importuno dolor me deja descansar un rato. 365 Mas luego a la memoria se me ofrece aquella noche tenebrosa, escura,[71] que tanto aflige esta ánima mesquina con la memoria de mi desventura. Verte presente agora me parece 370 en aquel duro trance de Lucina,[72] y aquella voz divina, con cuyo son y acentos a los airados vientos pudieras amansar, que agora es muda; 375 me parece que oigo que a la cruda, inesorable diosa demandabas[73] en aquel paso ayuda; y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?[74] ¿Íbate tanto en perseguir las fieras? 380 ¿Íbate tanto en un pastor dormido?[75] ¿Cosa pudo bastar a tal crueza, que, comovida a compasión, oído[76] a los votos y lágrimas no dieras por no ver hecha tierra tal belleza, 385 o no ver la tristeza en que tu Nemoroso queda, que su reposo era seguir tu oficio, persiguiendo las fieras por los montes, y ofreciendo 390 a tus sagradas aras los despojos? ¿Y tú, ingrata, riendo dejas morir mi bien ante los ojos? Divina Elisa, pues agora el cielo con inmortales pies pisas y mides, 395 y su mudanza ves, estando queda, ¿por qué de mí te olvidas, y no pides que se apresure el tiempo en que este velo rompa del cuerpo, y verme libre pueda, y en la tercera rueda[77] 400 contigo mano a mano busquemos otro llano, busquemos otros montes y otros ríos, otros valles floridos y sombríos, donde descanse y siempre pueda verte 405 ante los ojos míos, sin miedo y sobresalto de perderte?-- Nunca pusieran fin al triste lloro los pastores, ni fueran acabadas las canciones que solo el monte oía, 410 si mirando las nubes coloradas, al tramontar del sol bordadas de oro, no vieran que era ya pasado el día.[78] La sombra se veía venir corriendo apriesa 415 ya por la falda espesa del altísimo monte, y recordando[79] ambos como de sueño, y acabando el fugitivo sol, de luz escaso, su ganado llevando, 420 se fueron recogiendo paso a paso. ÉGLOGA SEGUNDA ALBANIO En medio del invierno está templada[80] el agua dulce desta clara fuente,[81] y en el verano más que nieve helada. ¡Oh claras ondas, cómo veo presente, en viéndoos, la memoria de aquel día 5 de que el alma temblar y arder se siente! En vuestra claridad vi mi alegría escurecerse toda y enturbiarse; cuando os cobré perdí mi compañía. ¿A quién pudiera igual tormento darse, 10 que con lo que descansa otro afligido venga mi corazón a atormentarse? El dulce murmurar de este ruído, el mover de los árboles al viento, el suave olor del prado florecido,[82] 15 podrían tornar, de enfermo y descontento, cualquier pastor del mundo, alegre y sano; yo solo en tanto bien morir me siento. ¡Oh hermosura sobre el ser humano! ¡Oh claros ojos! ¡Oh cabellos de oro![83] 20 ¡Oh cuello de marfil! ¡Oh blanca mano! ¿Cómo puede ora ser que en triste lloro se convirtiese tan alegre vida, y en tal pobreza todo mi tesoro? Quiero mudar lugar, y a la partida 25 quizá me dejará parte del daño que tiene el alma casi consumida. ¡Cuán vano imaginar, cuán claro engaño es darme yo a entender que con partirme, de mí se ha de partir un mal tamaño! 30 ¡Ay miembros fatigados, y cuán firme es el dolor que os cansa y enflaquece! ¡Oh si pudiese un rato aquí dormirme! Al que velando el bien nunca se ofrece, quizá que el sueño le dará durmiendo 35 algún placer, que presto desfallece en tus manos ¡oh sueño! me encomiendo.[84] SALICIO ¡Cuán bienaventurado[85] aquel puede llamarse que con la dulce soledad se abraza, 40 y vive descuidado, y lejos de empacharse en lo que al alma impide y embaraza! No ve la llena plaza, ni la soberbia puerta 45 de los grandes señores, ni los aduladores a quien la hambre del favor despierta; no le será forzoso rogar, fingir, temer y estar quejoso. 50 A la sombra holgando de un alto pino o robre, o de alguna robusta y verde encina, el ganado contando de su manada pobre; 55 que por la verde selva se avecina, plata cendrada y fina, oro luciente y puro, baja y vil le parece, y tanto lo aborrece, 60 que aun no piensa que dello está seguro; y como está en su seso, rehuye la cerviz del grave peso. Convida a dulce sueño aquel manso ruído 65 del agua que la clara fuente envía, y las aves sin dueño con canto no aprendido hinchen el aire de dulce armonía; háceles compañía, 70 a la sombra volando, y entre varios olores gustando tiernas flores, la solícita abeja susurrando; los árboles y el viento 75 al sueño ayudan con su movimiento. ¿Quién duerme aquí? ¿Dó está que no le veo? ¡Oh! helo allí. Dichoso tú, que aflojas la cuerda al pensamiento o al deseo. ¡Oh natura, cuán pocas obras cojas 80 en el mundo son hechas por tu mano! Creciendo el bien, menguando las congojas, el sueño diste al corazón humano para que al despertar más se alegrase del estado gozoso, alegre