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Poesías completas

Chapter 8 of 11

Poesías completas — Part 8

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de abril. Ya las abejas libarán del tomillo y el romero. ¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas? Furtivos cazadores, los reclamos de la perdiz bajo las capas luengas, no faltarán. Palacio, buen amigo, ¿tienen ya ruiseñores las riberas? Con los primeros lirios y las primeras rosas de las huertas, en una tarde azul, sube al Espino, al alto Espino donde está su tierra... _Baeza, 29 de marzo 1913._ CXXVII OTRO VIAJE Ya en los campos de Jaén, amanece. Corre el tren por sus brillantes rieles, devorando matorrales, alcaceles, terraplenes, pedregales, olivares, caseríos, praderas y cardizales, montes y valles sombríos. Tras la turbia ventanilla, pasa la devanadera del campo de primavera. La luz en el techo brilla de mi vagón de tercera. Entre nubarrones blancos, oro y grana. La niebla de la mañana huyendo por los barrancos. ¡Este insomne sueño mío! ¡Este frío de un amanecer en vela!... Resonante, jadeante, marcha el tren. El campo vuela. Enfrente de mí, un señor sobre su manta dormido; un fraile y un cazador --el perro a sus pies tendido--. Yo contemplo mi equipaje, mi viejo saco de cuero; y recuerdo otro viaje hacia las tierras del Duero. Otro viaje de ayer por la tierra castellana, ¡pinos del amanecer entre Almazán y Quintana! ¡Y alegría de un viajar en compañía! ¡Y la unión que ha roto la muerte un día! ¡Mano fría que aprietas mi corazón! Tren camina, silba, humea, acarrea tu ejército de vagones, ajetrea maletas y corazones. Soledad, sequedad. Tan pobre me estoy quedando, que ya ni siquiera estoy conmigo, ni sé si voy conmigo a solas viajando. CXXVIII POEMA DE UN DÍA MEDITACIONES RURALES Heme aquí ya profesor de lenguas vivas (ayer maestro de gay-saber, aprendiz de ruiseñor) en un pueblo húmedo y frío, destartalado y sombrío, entre andaluz y manchego. Invierno. Cerca del fuego. Fuera llueve un agua fina, que ora se trueca en neblina, ora se torna aguanieve. Fantástico labrador, pienso en los campos. ¡Señor, qué bien haces! Llueve, llueve tu agua constante y menuda sobre alcaceles y habares, tu agua muda, en viñedos y olivares. Te bendecirán conmigo los sembradores del trigo; los que viven de coger la aceituna; los que esperan la fortuna de comer; los que hogaño como antaño tienen toda su moneda en la rueda, traidora rueda del año. ¡Llueve, llueve; tu neblina que se torne en aguanieve, y otra vez en agua fina! ¡llueve, Señor, llueve, llueve! En mi estancia, iluminada por esta luz invernal --la tarde gris tamizada por la lluvia y el cristal--, sueño y medito. Clarea el reloj arrinconado y su tic-tic, olvidado por repetido, golpea. Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído Tic-tic, tic-tic... Siempre igual, monótono y aburrido. Tic-tic, tic-tic, el latido de un corazón de metal. En estos pueblos, ¿se escucha el latir del tiempo? No. En estos pueblos se lucha sin tregua con el reló, con esa monotonía, que mide un tiempo vacío. Pero ¿tu hora es la mía? ¿Tu tiempo, reloj, el mío? (Tic-tic, tic-tic)... Era un día (tic-tic, tic-tic) que pasó, y lo que yo más quería la muerte se lo llevó. Lejos suena un clamoreo de campanas... Arrecia el repiqueteo de la lluvia en las ventanas. Fantástico labrador, vuelvo a mis campos. ¡Señor, cuánto te bendecirán los sembradores del pan! Señor, ¿no es tu lluvia ley, en los campos que ara el buey, y en los palacios del rey? ¡Oh, agua buena, deja vida en tu huída! ¡Oh, tú, que vas gota a gota, fuente a fuente y río a río, como este tiempo de hastío corriendo a la mar remota, con cuanto quiere nacer, cuanto espera florecer al sol de la primavera, sé piadosa, que mañana serás espiga temprana. prado verde, carne rosa, y más: razón y locura y amargura de querer y no poder creer, creer y creer! Anochece; el hilo de la bombilla se enrojece, luego brilla, resplandece poco más que una cerilla. Dios sabe dónde andarán mis gafas... entre librotes, revistas y papelotes, ¿quién las encuentra?... Aquí están. Libros nuevos. Abro uno de Unamuno. ¡Oh, el dilecto, predilecto de esta España que se agita, porque nace o resucita! Siempre te ha sido, ¡oh Rector de Salamanca!, leal este humilde profesor de un instituto rural. Esa tu filosofía que llamas dilettantesca, voltaria y funambulesca, gran Don Miguel, es la mía. Agua del buen manantial, siempre viva, fugitiva; poesía, cosa cordial. ¿Constructora? --No hay cimiento ni en el alma ni en el viento.-- Bogadora, marinera, hacia la mar sin ribera. Enrique Bergson: «_Los datos inmediatos de la conciencia_». ¿Esto es otro embeleco francés? Este Bergson es un tuno; ¿verdad, maestro Unamuno? Bergson no da como aquel Immanuel el volatín inmortal; este endiablado judío ha hallado el libre albedrío dentro de su mechinal. No está mal: cada sabio, su problema, y cada loco, su tema. Mucho importa que en la vida mala y corta que llevamos libres o siervos seamos; mas, si vamos a la mar, lo mismo nos han de dar. ¡Oh estos pueblos! Reflexiones, lecturas y acotaciones pronto dan en lo que son: bostezos de Salomón. ¿Todo es soledad de soledades, vanidad de vanidades, que dijo el Eclesiastés? Mi paraguas, mi sombrero, mi gabán.... El aguacero amaina... Vámonos, pues. Es de noche. Se platica al fondo de una botica. --Yo no sé, Don José, cómo son los liberales tan perros, tan inmorales. --¡Oh, tranquilícese usted! Pasados los carnavales, vendrán los conservadores, buenos administradores de su casa. Todo llega y todo pasa. Nada eterno, ni gobierno que perdure, ni mal que cien años dure. --Tras estos tiempos, vendrán otros tiempos y otros y otros, y lo mismo que nosotros otros se jorobarán. Así es la vida, Don Juan. --Es verdad, así es la vida. --La cebada está crecida --Con estas lluvias... Y van las habas que es un primor. --Cierto; para marzo, en flor. Pero, la escarcha, los hielos... --Y además, los olivares están pidiendo a los cielos agua a torrentes. --A mares. ¡Las fatigas, los sudores que pasan los labradores! En otro tiempo... --Llovía también cuando Dios quería. --Hasta mañana, señores. Tic-tic, tic-tic... Ya pasó un día como otro día, dice la monotonía del reló. Sobre mi mesa _Los datos de la conciencia_, inmediatos. No está mal este yo fundamental, contingente y libre, a ratos, creativo, original; este yo que vive y siente dentro la carne mortal ¡ay! por saltar impaciente las bardas de su corral. _Baeza, 1913._ CXXIX NOVIEMBRE, 1914 Un año más. El sembrador va echando la semilla en los surcos de la tierra. Dos lentas yuntas aran, mientras pasan las nubes cenicientas ensombreciendo el campo, las pardas sementeras, los grises olivares. Por el fondo del valle el río el agua turbia lleva. Tiene Cazorla nieve, y Mágina, tormenta, su montera, Aznaitín. Hacia Granada, montes con sol, montes de sol y piedra. CXXX LA SAETA ¿Quién me presta una escalera, para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? SAETA POPULAR. ¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar! CXXXI DEL PASADO EFÍMERO Este hombre del casino provinciano, que vió a Cara-ancha recibir un día, tiene mustia la tez, el pelo cano, ojos velados de melancolía; bajo el bigote gris, labios de hastío, y una triste expresión que no es tristeza sino algo más y menos: el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza. Aun luce de corinto terciopelo chaqueta y pantalón abotinado, y un cordobés color de caramelo, pulido y torneado. Tres veces heredó; tres ha perdido al monte su caudal: dos ha enviudado. Sólo se anima ante el azar prohibido, sobre el verde tapete reclinado, o al evocar la tarde de un torero, la suerte de un tahur, o si alguien cuenta la hazaña de un gallardo bandolero, o la proeza de un matón, sangrienta. Bosteza de política banales dicterios al gobierno reaccionario, y augura que vendrán los liberales, cual torna la cigüeña al campanario. Un poco labrador, del cielo aguarda y al cielo teme; alguna vez suspira, pensando en su olivar, y al cielo mira con ojo inquieto, si la lluvia tarda. Lo demás, taciturno, hipocondríaco, prisionero en la Arcadia del presente, le aburre; sólo el humo del tabaco simula algunas sombras en su frente. Este hombre no es de ayer ni es de mañana, sino de nunca; de la cepa hispana no es el fruto maduro ni podrido, es una fruta vana de aquella España que pasó y no ha sido, esa que hoy tiene la cabeza cana. CXXXII LOS OLIVOS A Manuel Ayuso. I ¡Viejos olivos sedientos bajo el claro sol del día, olivares polvorientos del campo de Andalucía! ¡El campo andaluz, peinado por el sol canicular, de loma en loma rayado de olivar y de olivar! Son las tierras soleadas, anchas lomas, lueñes sierras de olivares recamadas! Mil senderos. Con sus machos, abrumados de capachos, van gañanes y arrieros. De la venta del camino a la puerta, soplan vino trabucaires bandoleros! Olivares y olivares de loma en loma prendidos cual bordados alamares! Olivares coloridos de una tarde anaranjada; olivares rebruñidos bajo la luna argentada! Olivares centellados en las tardes cenicientas, bajo los cielos preñados de tormentas!... Olivares, Dios os dé los eneros de aguaceros, los agostos de agua al pie, los vientos primaverales, vuestras flores racimadas; y las lluvias otoñales, vuestras olivas moradas. Olivar, por cien caminos, tus olivitas irán caminando a cien molinos. Ya darán trabajo en las alquerías a gañanes y braceros, ¡oh, buenas frentes sombrías bajo los anchos sombreros!... Olivar y olivareros, bosque y raza, campo y plaza de los fieles al terruño y al arado y al molino, de los que muestran el puño al destino, los benditos labradores, los bandidos caballeros, los señores devotos y matuteros!... Ciudades y caseríos en la margen de los ríos, en los pliegues de la sierra!... Venga Dios a los hogares y a las almas de esta tierra de olivares y olivares! II A dos leguas de Úbeda, la Torre de Pero Gil, bajo este sol de fuego, triste burgo de España. El coche rueda entre grises olivos polvorientos. Allá, el castillo heroico. En la plaza, mendigos y chicuelos: una orgía de harapos... Pasamos frente al atrio del convento de la Misericordia. ¡Los blancos muros, los cipreses negros! ¡Agria melancolía como asperón de hierro que raspa el corazón! Amurallada piedad, erguida en este basurero!... Esta casa de Dios, decid, hermanos, esta casa de Dios ¿qué guarda dentro? Y ese pálido joven, asombrado y atento, que parece mirarnos con la boca, será el loco del pueblo, de quien se dice: es Lucas, Blas o Ginés, el tonto que tenemos. Seguimos. Olivares. Los olivos están en flor. El carricoche lento, al paso de dos pencos matalones, camina hacia Peal. Campos ubérrimos. La tierra da lo suyo; el sol trabaja; el hombre es para el suelo: genera, siembra y labra y su fatiga unce la tierra al cielo. Nosotros enturbiamos la fuente de la vida, el sol primero, con nuestros ojos tristes, con nuestro amargo rezo, con nuestra mano ociosa, con nuestro pensamiento --se engendra en el pecado, se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!-- Esta piedad erguida sobre este burgo sórdido, sobre este basurero, esta casa de Dios, decid ¡oh, santos cañones de von Kluk! ¿qué guarda dentro? CXXXIII LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO Al fin una pulmonía mató a don Guido, y están las campanas todo el día doblando por él ¡din-dan! Murió don Guido, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo, gran rezador. Dicen que tuvo un serrallo este señor de Sevilla; que era diestro en manejar el caballo, y un maestro en refrescar manzanilla. Cuando mermó su riqueza, era su monomanía pensar que pensar debía en asentar la cabeza. Y asentóla de una manera española, que fué casarse con una doncella de gran fortuna; y repintar sus blasones, hablar de las tradiciones de su casa, a escándalos y amoríos poner tasa, sordina a sus desvaríos. Gran pagano, se hizo hermano de una santa cofradía; y el Jueves Santo salía llevando un cirio en la mano --¡aquel trueno!-- vestido de nazareno. Hoy nos dice la campana que han de llevarse mañana al buen don Guido, muy serio, camino del cementerio. Buen don Guido ya eres ido y para siempre jamás... Alguien dirá: ¿Qué dejaste? Yo pregunto: ¿Qué llevaste al mundo donde hoy estás? ¿Tu amor a los alamares y a las sedas y a los oros, y a la sangre de los toros y al humo de los altares? Buen don Guido y equipaje, buen viaje!... El acá y el allá, caballero, se ve en tu rostro marchito, lo infinito: cero, cero. ¡Oh, las enjutas mejillas, amarillas; y los párpados de cera, y la fina calavera en la almohada del lecho! ¡Oh, fin de una aristocracia! La barba canosa y lacia sobre el pecho; metido en tosco sayal, las yertas manos en cruz ¡tan formal! el caballero andaluz. CXXXIV LA MUJER MANCHEGA La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes, Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes, y del manchego heroico, el ama y la sobrina (el patio, la alacena, la cueva y la cocina, la rueca y la costura, la cuna y la pitanza), la esposa de don Diego y la mujer de Panza, la hija del ventero, y tantas como están bajo la tierra, y tantas que son y que serán encanto de manchegos y madres de españoles por tierras de lagares, molinos y arreboles. Es la mujer manchega garrida y bien plantada, muy sobre sí, doncella, perfecta de casada. El sol de la caliente llanura vinariega quemó su piel, mas guarda frescura de bodega su corazón. Devota, sabe rezar con fe para que Dios nos libre de cuanto no se ve. Su obra es la casa--menos celada que en Sevilla, más gineceo y menos castillo que en Castilla.-- Y es del hogar manchego la musa ordenadora; alínea los vasares, los lienzos alcanfora; las cuentas de la plaza anota en su diario, cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario. ¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego. Dos ojos abrasaron un corazón manchego. ¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea? ¿No es el Toboso patria de la mujer idea del corazón, engendro e imán de corazones, a quien varón no impregna y aun parirá varones? Por esta Mancha--prados, viñedos y molinos-- que so el igual del cielo iguala sus caminos, de cepas arrugadas sobre el tostado suelo y mustios pastos como raído terciopelo; por este seco llano de sol y lejanía, en donde el ojo alcanza su pleno mediodía (un diminuto bando de pájaros puntea el índigo del cielo sobre la blanca aldea, y allá se yergue un soto de verdes alamillos, tras leguas y más leguas de campos amarillos), por esta tierra, lejos del mar y la montaña, el ancho reverbero del claro sol de España, anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día --amor nublóle el juicio; su corazón veía--. Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano, lozana labradora fincada en tus terrones --oh madre de manchegos y numen de visiones-- viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera, cuando tu amante erguía su lanza justiciera, y en tu casona blanca ahechando el rubio trigo. Aquel amor de fuego era por ti y contigo. Mujeres de la Mancha, con el sagrado mote de Dulcinea, os salva la gloria de Quijote. CXXXV EL MAÑANA EFÍMERO A Roberto Castrovido. La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta, ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta. El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero. Será un joven lechuzo y tarambana, un sayón con hechuras de bolero; a la moda de Francia royalista, un poco al uso de París pagano, y al estilo de España especialista en el vicio al alcance de la mano. Esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahur, zaragatera y triste, esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza, aun tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; florecerán las barbas apostólicas, y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas. El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero, la sombra de un lechuzo tarambana, de un sayón con hechuras de bolero, el vacuo ayer dará un mañana huero. Como la náusea de un borracho ahito de vino malo, un rojo sol corona de heces turbias las cumbres de granito, hay un mañana estomagante escrito en la tarde pragmática y dulzona. Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza. Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea. CXXXVI PROVERBIOS Y CANTARES I Nunca perseguí la gloria ni dejar en la memoria de los hombres mi canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón. Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse. II ¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?... Todo el que camina anda, como Jesús, sobre el mar. III A quien nos justifica nuestra desconfianza llamamos enemigo, ladrón de una esperanza. Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía que dió a cascar al diente de la sabiduría. IV Nuestras horas